viernes 2 de diciembre de 2011

Confieso que tuve una nueva vida



Al día siguiente de mi funeral, debía pasar dos semanas vestida de blanco a fin de traer las buenas energías en esta segunda oportunidad que el mundo me estaba regalando... Mejor dicho: que las ánimas me estaban regalando. Tarea que no fue difícil de cumplir, ya que andaba de vacaciones en el liceo, así que casi no salía a la calle y no tenía que dar explicaciones por mi nueva moda que se complementaba con una caballera totalmente rapada, a fin de colocarme cada semana una masa blanca a base de coco y otras sustancias, que alejarían totalmente las voces extrañas de mi nueva vida, en la cual lo primordial era la búsqueda de la paz, el respeto por el prójimo y la naturaleza.

Por esta razón, me alejé de cualquier situación tormentosa, de los problemas familiares o vecinales. Simplemente en esta nueva vida que me brindaban los orishas, como los llamaba Aracelis, comencé a formar un mundo paralelo con la realidad, con un único objetivo: portarme lo mejor posible.

Tanto era este deseo que comencé a salir con frecuencia a la Basílica Santa Teresa, donde después de hacer la confirmación, se desarrolló dentro de mí la sensación de extremo aprecio a sus imágenes, sacerdotes y actos religiosos. Así que, partiendo del hecho de que estaba teniendo una oportunidad de hacer las cosas bien, decidí emprender una actividad religiosa muy activa: Ser Voluntaria de la Brigada Santa Teresa.

Allí todos los domingos mi función era que las personas no molestaran durante la misa y que no entraran a la basílica con tops, camisetas, bermudas o gorras,es decir, que la gente se comportara durante el recinto religioso. Fue en esa actividad que conocí a Héctor, mi primer novio y director de la coral parrquial, quien con su aura de paz me enseñó una nueva forma de existencia, donde el noviazgo sí podía ser una unión espiritual y solo corporal hasta el momento de la bendición del padre en un altar.

Este acto me pareció tan puro y sincero que decidí ser su pareja formal, porque Héctor para mí también era un amigo y confidente que poco a poco comenzó a ganarse el aprecio de mi familia, quien en definitiva lo comenzó a ver como un hijo más; un hijo más que no se cansaba de resaltar mis defectos, gordura, inseguridad, falta de belleza femenina y de gracia.

Un novio y compañero fiel que era insaciable a la hora de adular a cualquier fémina que le pasara por al frente, porque lo de nosotros "era más espiritual". Y yo lo acepté, porque quería una nueva vida. Tanto lo acepté que cuando me dio la primera bofetada por algún comentario que le hice acerca de un amiguismo extraño con una de sus compañeras de clase, simplemente pensé: "Me lo merezco", "Me lo merezco", "Me lo merezco" porque en "esta nueva vida" no puedo irrespetar a mi pareja, esa que después de un golpe en la cara me abraza con una potencial fuerza que casi mi llanto no sale de las paredes de mi cuarto, una extrema presión que me recuerda a "esa otra vida" en la cual el dolor era casi costumbre, pero que ahora debo aceptar para realizar en este mundo una obra ejemplar.