Una voz, una gruesa voz era lo que escuchaba la palera cuando descifraba mi futuro a través de la lectura del tabaco. Según ese tono del más allá, tenía un grupo importante de fantasmas que entraba a mi cuerpo en cualquier momento apoderándose de mis pensamientos y, especialmente, de mi voluntad; hecho que podía explicar los arranques de querer estar en Caracas y, al mismo tiempo, irme a cualquier lugar fuera de la ciudad; desear un hombre pero al mismo tiempo a una mujer; querer estar sobria y a la vez en estado de ebriedad.
Mi mundo era eso: un vaivén de situaciones incomprensibles que al final me generaba una absoluta infelicidad. Por esta razón, cuando la palera me preguntó que si quería conocer cómo controlar cada uno de los demonios que me rodeaban, simplemente le contesté: "Y no hay una forma de alejarlos".
Aracelis me miró con una cara de terror, ya que era impensable que alguien con un "don" como yo quisiera deshacerlo en vez de pensar en avivarlo; pero una cosa estaba clara: si seguía con esa vida, iba a agarrar un día un cuchillo y clavármelo en la cabeza, para dejar que las voces hablaran.
Así, que después de tanta asistencia, la palera me comentó que había una forma de hacer que las muertos callaran y era matarme en vida; para lo cual, había que simular un entierro hasta que los fantasmas desaparecieran de mi materia. Y así fue: decidí matarme para volver a vivir.
Para ello, el primer paso fue raparme el cabello (ahora muchos comprenderán por qué a mis 15 años de edad tenía el cabello como un "machito"), luego vestirme toda de blanco y acudir a la casa de Aracelis, donde un sábado en la mañana, después de unos especiales rezos, debía colocarme acostada en el medio de un círculo de velas blancas.
Allí, tirada en el piso, lo que más recuerdo es el sonido de las velas, como si alguien les estuviera arrojando pequeños granos de tierra para que chispearan. Así, en el medio de la nada, me colocaron un manto blanco mientras un grupo de señoras lloraba mi ausencia hasta que simplemente un fuerte deseo se apoderaba de mí: las ganas de desaparecer.
Llantos, velas chispeando y susurros de personas llegaron y salieron por más de cinco horas hasta que, por fin, Aracelis destapó mi manto y me dio su mano para que me parara de ese círculo que ya no tenía velas. "Bienvenida a tu nueva vida", con esa frase me abrazo mientras me explicaba que el ruido que escuchaba a cada rato de las llamas reflejaba cada uno de los fantasmas que iban desapareciendo de mí.
Ahora el siguiente paso era simple: bañarme como cualquier bebé que está llegando del hospital a su casa, pero en este baño debía pedir y visualizar lo que quería en mi nueva vida y sólo vi una imagen: un blanco profundo que significaba nada.
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