martes 30 de agosto de 2011

Al desaparecer




Cuando se dirigen a mí para consultarme alguna situación, las personas piensan que les diré algo sagrado, proveniente de una persona culta, madura y, especialmente, segura de sí misma.

Lo notan por mis gafas, mi cabello recogido, mi vestido impecable y esa firmeza al caminar, sensación que se complementa con lo profundo de mi oscura mirada.
De mí no perciben dudas, ni miedo, ni ninguno tipo de “algo” que se pueda llamar flaqueza, porque lo que inspiro es absoluta confianza.

Imagen que de día brilla como el espejo que llega a encandilar por los rayos del sol, pero que de noche se vuelve la gráfica más desolada de todas.

Y es que en ese momento, mientras otros comparten con sus amigos las historias del trabajo, disfrutan con el novio de una buena película, se deleitan con el esposo del más dulce beso y ven su trascendencia realizada con la sonrisa de un hijo, yo me doy cuenta de que no soy nada.
Un nada que no sé cómo llegó a mí o cómo desaparecerlo, porque Ana como persona debe ser un ser despreciable, ¡claro que sí!, porque de mí las personas desaparecen con llamadas desviadas, con cenas canceladas a último momento o durante horas de espera por un supuesto olvido.
En esa oscuridad y soledad de la noche, mi única compañía es una laptop, una tv de alta definición y una buena copa de vino tinto que a veces se mezcla con algunas lágrimas que se derraman al acumularse tanto y reflejan una gran verdad: soy totalmente insegura, miedosa e insignificante como cualquier insecto de un rincón olvidado.

La realidad es que jamás seré lo que la gente piensa de mí y menos desde ese fatídico día cuando un domingo mientras preparara el almuerzo, te fuiste al baño sin trancar la puerta y te paraste frente al espejo que está encima del lavamanos para quedarte viendo fijamente y, sin vacilar, me gritaste: ¡Me voy de tu vida!

Y así fue: saliste del baño, te dirigiste a la sala donde ya tenías un bolso deportivo preparado con algunas piezas de tu ropa y saliste de la casa y de mi vida trancando la puerta lo más suave posible.

En ese momento te llamé para ver qué había pasado y jamás contestaste. Desde ese entonces no sé qué hice para que te fueras así. Es que todavía no sé qué hice para que te fueras así, respuesta que traté de buscar en psicólogos que luego se convirtieron en psiquiatras, que con el pasar del tiempo se transformaron en sacerdotes y luego en santeros, paleros para terminar siendo alguna tarotista.

Sin embargo, con ninguno de ellos encontré paz, esa paz que sentía cuando dormía y amanecía a tu lado, porque tú, y escúchalo bien, tú me dabas seguridad, porque la “mata de nervios” como me llamaban en la universidad sólo logró desaparecer cuando ese día de la nada te asomaste en el salón para defenderme, para ayudarme derrotando mis miedos y haciéndome creer que era una persona inteligente y brillante.

Desde ese momento te convertiste en un imprescindible y gracias a ti logré cosas inimaginables, pero ese domingo en la tarde me quedé sin rumbo, sin guía, sin alma y, aunque muchos no lo crean, sigo estando así: totalmente vacía, porque la imagen de jefa y gran profesional que describo cada mañana es una simple fachada que me permite no pensarte por muchas horas.

Sin embargo, cuando llegan los fines de semana, los feriados y las vacaciones siempre estás allí presente en cada instante, en cada rincón de la casa, en cada viaje que hago, porque te apareces como un fantasma que se niega a irse del plano terrenal, porque seguro eso es lo que eres desde ese domingo que la policía te consiguió en el hotel con la cabeza destrozada y sin rastro del bolso negro Nike que te llevaste ese día.

Sí, eso es lo que quiero creer, que eres un fantasma que está aquí, todos los días, siempre a mi lado, porque de lo contrario creo que desde hace tiempo hubiera desaparecido sin dejar rastro.