domingo 15 de mayo de 2011

Confieso que fui una hechicera



Todos se me quedaron viendo como si estuvieran observando a un ánima oscuro. Se paralizaron y sus ojos transmitían el miedo que provocaba mi presencia, hasta que la voz de la santera hizo que recogieran definitivamente sus pertenencias mientras se hacían la señal de la cruz varias veces.

Recuerdo que una señora susurró: ¡Pobre alma! Y era verdad, en el fondo me sentía tan diminuta y sola que me hacían la persona más pobre del mundo. Sí, es cierto, los fantasmas de daban vitalidad y energía, pero cuando ellas desaparecían, sólo quedaba un ser dinímuto, desonrientado y sin ninguna pizca de felicidad.

Cuando todos se fueron, la santera le indicó a mi familia que se quedara en la sala, ya que iba a aprovechar la tarde para consultarme. Así que me tomó de la mano y me llevó al pasillo del apartamento, desde donde se podían divisiar varios cuartos.

Uno de ellos se encontraba a mano izquierda con una puerta de madera decorada con calcomanías de una publicidad ochentosa de Tío Rico. A esa habitación se acercó la santera, quien se apoyó de su marco para gritar: ¡Susana, no salgas del cuarto!

En ese momento me sentí tan mal, porque definitivamente algo demoníaco pasaba en mí que alejaba a todos a mi alrededor.

Después de que una voz juvenil respondiera efusivamente: ¡Está bien ,mamá!, la santera me sujetó de nuevo de la mano y me llevó al siguiente cuarto ubicado a mano derecha: una habitación blanca y sencilla con muchos libros y en el fondo una cortina morada con bordes de encajes dorados.

Antes de abrir la cortina, la santera buscó unos fósforos y un tabaco. Además de una silla de plástico blanco y unos velones del mismo color. "Ahora sí, vamos a entrar al consultorio". Jarrones grandes y de diversos colores son los recuerdos que más me vienen a la mente de ese mínimo lugar, que de casualidad podían entrar dos personas.

Me hizo que me sentara en la silla plástica y, mientras conversaba de cualquier tema banal, empezó a encender las velas que colocó en el piso; luego el tabaco, cuyo humo me echó sobre el rostro; y con palabras que nunca entendí, comenzó a entablar una conversación en otro idioma con alguien que absolutamente no veía.

Cerró los ojos y con una voz ronca comenzó a declamar: ¡Bienvenida por cientos de veces, bienvenida! Has venido tanto a este mundo, que ya has perdido la cuenta. Has muerto y vivido en infinidades de veces que ya has olvidado el ánimo de estar aquí entre los vivos. Has nacido en distintas épocas que tu alma es terriblemente vieja. ¿Acaso no te has sentido así desde niña?, ¿no te has palpado adulta en ese cuerpo de asolescente?

Me imagino que has visto tus ojos tristones que no corresponde con la genética de tu familia; pues es la tristeza acumulada por siglos, de ese carma de reecarnar -sin que en verdad lo desees- miles de veces, porque ese es tu castigo: nacer-morir, nacer-morir.

Tu castigo, para ti, aunque para otros sería una bendición tener tu poder de ver el futuro, de tocar el alma de los demás, de sentir las energías del otro, de observar tan perfecto en la oscuridad y de matar a quien te plazca sólo con el pensamiento; porque tú, mi adora invitada, has acumulado la sabiduría de todas las religiones. Al principio buenas, luego oscuras hasta convertirte en una de las hechicera más poderosas que haya tenido el mundo.

¿Qué por qué volviste de nuevo? Estás aquí otra vez porque -como sabrás- se acerca el tan esperado fin de los tiempos, momento en que jugarás un papel clave, pero antes debes aprender a usar de nuevo tus dones y, especialmente, decidir a qué luz perteneces.

La santera abrió los ojos y vio mis lágrimas derramar de forma incontrolable, como expresión a esa respuesta temible que desde los ocho años presentí, y que la cual no quería escuchar.

1 comentarios:

Super Saiyan dijo...

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